Pedro Extremera es un pintor con un lenguaje propio. Sus óleos, temblorosos de luz, en los que todo objeto parece liberado del peso y la coraza de la forma, poseen la intimidad difícil, misteriosa y caliente de un sueño fecundado de recuerdos. Manuel Conde lo expresa bellamente en el catálogo: "la huella concreta de las cosas está siempre flotando en esa atmósfera silente donde los rumores son más perceptibles". Hay una extraña mezcla de presencias y ecos palpitando en sus lienzos. El pintor ha vencido las fronteras del tiempo, y el ayer y el mañana se funden en sus ocres carcomidos de luz. Sus frutas y sus naipes, sus encajes, sus barros y sus sillas fueron un día claridad de línea y gozo de color; hoy son su propio espíritu, su fantasma entrañable, su voz hecha emoción. Pintura de silencios, de entornos confundidos, melancólica y fuerte, rotunda y vaporosa. Pintura trabajada, sin prisas ni rutina, que incide y profundiza en obras anteriores del pintor, que de espaldas a modas pasajeros y a juegos de tertulia y de salón, prosigue sabiamente su camino. Extremera es un pintor distinto y verdadero.

Mario Antolín