LA LUZ, SU SOMBRA; LA PENUMBRA, SU LUZ

Taxativamente, dice Extremera: “los cuadros se ven o no se ven, no hay que enseñarlos”. Sabiendo como respira, no voy a intentar enseñarles nada, caso de que pudiere hacerlo con solvencia, sino a bosquejar las impresiones que me origina el sedimento de su pintura.

Extremera, a poco que le dejen, en seguida se pone a hablar de “neutrinos, movimiento, el caos, la cabalística, la dinámica del siete, el verde hecho de sombra natural, la física, el azar....”. Tampoco deben hacerle caso, lo que deben hacer, sin ambages, es mirar, insistir, porque a veces no es fácil descubrir lo que dice más allá de lo que parece decir. En plena libertad, sin coacciones de opiniones ajenas, sentir o desistir, que es un derecho que todos tenemos, pero que no ejercemos por miedo a.... ¿Pintura hermética?. ¡Clara!. Clara, para sentir; con el protagonismo de la luz y de su sombra, de la oscuridad y de su luz. Su trabajo germina en atmósferas de una cuidada y exquisita pintura. ¿Qué ocurre en esas atmósferas hechas de veladuras, de caricias, hasta dejar la superficie coriácea, con esa sensación? Sucede su mundo, una suerte de perpetuo continuo, de movimiento en el que va y viene la energía, obediente a las sinergias del caos, que desembocan en el orden que el pintor establece.

Sin caos no tendríamos necesidad de orden. En ese universo, oscurecido, simbolista, mágico, misterioso, se incardina el objeto de su obsesión, ya sean pinceladas, que son ráfagas de luz; ya desnudos sensuales y perfectos; o reflejos del mundo subyacente. Nebulosas de cromías muy trabajadas, ensambladas, o formas referenciales.

El artista, por naturaleza, es obsesivo. El espectador debe ser diáfano, abrirse a sentir, con toda la inocencia, entidad, de que fuere capaz. Todos estamos un poco, o un mucho, contaminados, pero hay que intentar, por todos los medios, recobrar la elegancia de mirar con grandeza. Si miramos con prestancia, la presencia o su ausencia se decantan, ajenas a los laberintos tortuosos de las explicaciones y justificaciones falaces.

Muchas veces, despachamos con un vistazo, lo que requiere una contemplación. Y eso se paga, no sólo en nuestro orgullo herido por haber despreciado algo que merecía la pena, sino en nuestra formación, en la capacidad que hay que formarse para afrontar la vida. El grado de inteligencia siempre es directamente proporcional a la calidad de nuestra respuesta ante cualquier acontecimiento vital. Pensar es construir, no destruir; crecer, no decrecer.

Aquí se muestran pinturas de distintos momentos. Épocas de euforia, de desazón; con frecuencia, se trasluce un estado místico, que la enfermedad empuja. El desasosiego pessoano, el hacer sin saber qué y la cabeza en blanco después de haber dado en el blanco, según el propio entender. Aquí hay obras de una aparente abstracción, efectos surreales e impresionistas, pero todo tiene un nexo: la luz, cómo se oculta o cómo se desborda.

Y unos sólidos conocimientos técnicos y una ambición investigadora y una fijación y una suerte de búsqueda de placer y de padecimiento. Es probable, ¿por qué no?, que nada de eso interese del todo a los espectadores de esta cosmovisión. Las transparencias, las texturas, las raspaduras, los quemados con el soplete de mano, las oxidaciones, lo que es capaz de hacer con el tierra de Sevilla, que tanto utilizara Goya.

Importa trascender la materia, que todo eso esté, pero que nada de eso se note, para que el amante del arte se sienta atraído por estas obras, aunque no sepa explicarse por qué, para qué. Braque decía que le interesaba de la pintura, justo aquello que no se podía explicar. Nuestra mejor pintura de los siglos de oro, como le gusta decir a la profesora hispanista Geneviève Barbé, emerge de atmósferas creadas, por grandes técnicos, que en un momento de su corrección, sin explicación racional, convocan el milagro.

Nadie dice creer en los milagros, pero es incierto. Cuando oyes a Schubert, a Mozart no, a Mozart no, porque todo él es un gran milagro; cuando lees a Mallarmé, a Stevens, a Trakl, de repente, te detienes y ante un lampo, ves como el prodigio se genera. El milagro es lo que no se explica racionalmente. Hay algunas pinturas breves de Extremera, en que sólo un fondo y una pincelada te hacen evocar un ámbito de plenitud sin ledanías.

Extremera bruñe la pintura, cuando el óleo muerde y no mancha, el viejo soñador, alquimista y alquitara, ataca, con la virulencia de la seda y logra una superficie como la piel más seductora. Extremera, para hacer un verde nocherniego, utiliza sombra natural y tostada, siena, ocre amarillo claro y un pizco de cobalto... es como hacer el amor con una estrella de oro, en el firmamento, y asistir a su epifanía, atónitos.

Con todo, todo eso que es verdad, es posible, que no sea lo primordial, aunque si un valor añadido. Lo fundamental es el dibujo, para componer; el sentido del color, atravesar la noche sin oscurecerse; transitar la luz sin deslumbrarse. Los planos dialogan con la luz, estableciendo unas ventas al paisaje, al alma, al pensamiento. La pintura flota revisitando el santuario de su misión iluminada de físico soñador y chamán de lo simbólico: canónico, analítico y arbitrario, por igual.

Otras veces, el incendio es turneriano. Prende la llama, se oscurece el espacio, aparece ese murmullo de colores densos, que flotan. Escapamos de nuestros demonios personales, para mostrar el ángel,que hace surgir un resplandor de mariposas en las tinieblas. Todo está allí como levitando, en una suerte de liturgia que restaura el mito del arte.

Otras veces, uno siente que por allí ha pasado Zurbarán. No es decir que esta pintura es clásica, que podría, es decir dónde bebe el pintor, como el pájaro que, cuando bebe en el azul, canta con la destreza de un amanecer puro o el ruiseñor, que bebe en la noche, y la enciende con sus trinos.

Y bajo la estrella y la flor, ¿María Zambrano?, hay claros del bosque, lucos de sombras que como un pueblo arcaico van dejando una canción sombría, que mira con embeleso la luz; un estero que incita, que huele de forma particular, con esa esencia que deja en el ambiente lo que procede de la sinceridad.

Desnudos, paisajes, botellas, la mesa con su pico roto; pan de oro, óleo picado; poner y quitar hasta dejar lo justo, para mostrar la presencia. En esta pintura hay sufrimiento, hacia fuera y hacia dentro, que le da un tono especial. Esa nada de “indescifrable secreto”, que decía de su poesía liviana y alta, Giuseppe Ungaretti. Mínimos formatos, poemas breves de color.

Esa piel hecha con la manos y el alma del artista, es como un espejo de sombra donde podemos ver la luz, donde la vemos, si insistimos. La luz que llena, que colma, que eleva nuestro espíritu. La pintura es imagen, es plástica, es pregunta, es saber de lo que no sabemos. Y mucho más, propuesta de belleza, como trasunto de bondad.

Extremera viene del claror, de la calima de la cal; del dolor, de la búsqueda de la luminosidad con sordina. Ahora se adentra en una noche de amor, que le transparenta. Es obra que identifica una forma de hacer, que precisa una forma de sentir, que alcanza un estado de preponderancia mística, sin mixtificaciones.

Hay tablitas, que son más que una nota de color, como un fragmento de vida que crece en el delirio de la magia. Parece que no hay nada más que epidermis, pero hay una cartografía de sus sentimientos, de sus conocimientos, de sus atrevimientos, que nos hacen pensar, dudar, incidir... El gozo es un vuelo que sólo conocen los seres capaces de elevarse; el alfayo técnico le ayuda.

La pintura, el arte, necesita de la mirada que la sitúe, que la descubra, que la termine, que le dé sentido, cuando está hecha con sentido, a dónde quiera que se ubique el horizonte que inaugura. Pintura ésta, para leer con delectación, con morosidad, con limpieza, con sencillez, con naturalidad, de tú a tú.

Tomás Paredes
Presidente de la Asociación Madrileña
de Críticos de Arte